Hoja de ruta: Isla de San Andrés (Colombia)

Aninka TokosViajera Frecuente6 Comments

Cuando busco en mi memoria los recuerdos de mi estadía en San Andrés inmediatamente pienso en lo olvidables que fueron esas vacaciones. No falto a la verdad si digo que de todos los viajes que hice este fue el peor. Ustedes pensarán que exagero y quizás un poco lo hago pero todas las experiencias son subjetivas por lo que a mi me puede haber resultado un destino sobrevalorado mientras que para ustedes fue lo mejor que les pasó en la vida. En lo que seguro estaremos todos de acuerdo es en que el color del mar es alucinante. Le llaman “el mar de los siete colores” y es tal cual suena: una extensión eterna de agua cristalina que se posa sobre distintas alturas del suelo logrando colores que te dejan con la boca abierta. ¿Pero el mar es todo cuando vamos a un destino playero? Bueno, es un punto importante, para qué negarlo, aunque lo ideal (o al menos lo más cercano a ello) es que la ciudad/pueblo acompañe y que además hayamos tenido suerte en la elección del hotel. Si les digo que San Andrés es una isla pequeña, que el hotel era un all inclusive que daba al mar y que la temperatura oscilaba entre los 26 y 30 grados seguro van a pensar que estaba ante el viaje perfecto… pero no fue así.

La isla

Luego de un vuelo a Bogotá con escala en Santiago de Chile, tomamos otro vuelo hacia la isla con una duración de 2 horas aproximadamente (todo por LATAM y aprovechando el canje de millas de Buenos Aires a Bogotá y viceversa). Antes de partir, al momento de despachar valijas, es obligatorio pagar un impuesto al turismo para ingresar a la isla (aprox. 30USD).

El aeropuerto de San Andrés es… pintoresco. No se me ocurre otro eufemismo para describir a esta estructura de cemento que parece haberse construido hace unos 70 años (¿practicaban ahí los hermanos Wright?) y que no cuenta con la infraestructura necesaria para hacer sentir cómodo al constante ingreso y egreso de turistas. Ponele que eso no importa; que es el Caribe, que se viene el combo playa/relax/party time/mil fotos para Instagram. Eso pensábamos cuando entramos a un cajero automático que parecía bombardeado y luego cuando tomamos un taxi de 1970 y que, por tan viejo y maltrecho, el dueño usaba un palo de escoba para levantar el baúl.

¡Qué pintoresco todo!

Durante el trayecto camino al hotel, con un transito infernal de motos y más motos, las calles no parecían hacerse eco del impuesto cobrado al turismo; bah, de ningún impuesto recibido. Sin ofender a nadie, y sólo como contraste entre el Caribe y nuestro país, las calles de San Clemente y Las Toninas están en mejor estado. Salvo tres o cuatro cuadras con negocios modernos, el resto es paupérrimo.

Yo pensaba, ilusa y confiada, que al llegar al hotel todo ese contexto no importaría porque la idea de all inclusive frente al mar (y de acuerdo a las fotos que vi en la web) no iba a tener importancia. Cuando finalmente arribamos, el ver la fachada ochentosa color ámbar supe que esto iría de mal en peor. Pero antes de eso vamos con más detalles de la isla.

Según nos contaron unos amigos de Bogotá, la isla tuvo su mayor apogeo hace unas décadas y gracias al dinero malhabido que circulaba entre Nicaragua y Colombia, con la isla de camino entre ambos países. Así fue como se construyeron las cadenas hoteleras y se comenzaron otras construcciones que deberían haberse terminado pero quedaron por la mitad. Cuando la “inversión” dejó de llegar, todo quedó paralizado: lo que se estaba haciendo quedó como un esqueleto fantasma, los hoteles nunca más se renovaron (al menos lo que respecta a la cadena Decameron que casi monopoliza la oferta de hospedaje en la isla) y, lo peor de todo, la gente local quedó sumida en la pobreza. Y cuando digo pobreza no me refiero a viviendas coloridas que “rescatan el espíritu local” sino a casas venidas abajo, otras con materiales precarios y mucha, mucha mugre (y esto lo pudimos comprobar alrededor de toda la isla ya que alquilamos un carrito de golf y fuimos de un extremo a otro).

Recuerdo que un día, para cortar la mufa, salimos a pasear a pie por el centro donde supuestamente está lo mejor de la isla. Me topé con perros vagabundos, lugareños jóvenes tirados en las calles, baldíos y la sensación de que no se puede obviar lo que los ojos ven. ¿Cómo disfrutar de un lugar que parece pedir a gritos que lo ayuden?

El hotel

Volvamos al momento en el que nos bajamos del taxi cuyo baúl se sostenía con un palo de escoba. Al entrar al hotel (Decameron Aquarium) nos encontramos con una recepción pequeña decorada con madera y humedad por doquier. “El check-in lo hacen afuera, saliendo por allá, pasando por el restaurante”, nos dijeron. Luego de estar dos horas en el aeropuerto, dos horas arriba de un avión y un ratito a 30° en nuestro taxi ideal (y su palo de escoba), lo que más queríamos era hacer el check-in rápido y llegar a la habitación pero no, había que ir a otro lugar.

Al llegar a la oficina del check-in, ambos sentimos que estábamos en el Banco Nación esperando ser atendidos. Y no es broma: la sala en cuestión tenían unas 60 sillas, había que sacar número y no eramos los únicos. Estimo que habremos esperado una hora y en ese tiempo no pude evitar mirar todo en detalle: dos recepcionistas con computadoras de 1990, usando los teclados frenéticamente vaya a saber escribiendo qué cosa (¿el check-in precisa más datos que los que ya dejamos en la reserva?); las sillas de espera manchadas o desgastadas, un escritorio maltrecho a un costado esperando por su jubilación y varias personas con cara de pocos amigos, con el número en la mano y la bronca acumulada.

Pasada la hora de este infortunio, tocó llegar a la habitación. Ah, momentito! Pero antes fuimos de nuevo a la recepción para que nos den el control remoto (!) y la llave, y nos delegaron a un chico para que nos lleve las valijas. “La habitación tiene una vista hermosa pero hay un problema, amigo”, le dijo el chico a Diego. Al llegar el problema era lo de menos: no sólo se trataba de una habitación con tres camas de una plaza sino que nunca jamás en la vida había pasado por ahí el sentido de la decoración. Imaginen la escena: las tres camitas, una tele de 23 pulgadas (no me importa: Caribe, baby!), el baño del tamaño de un dedal y ducha con ausencia de duchador y por ende un chorro de agua lamentable (la playa, ¡yeah!), un frigobar vacío (malla y tragos, ¡wow!) y una caja de seguridad desmontada y oxidada (¡dame fiesta, nene!). El broche de oro: la ausencia de limpieza. Pelos varios, moho y un olor a lavandina inolvidable. Eso sí: la vista era alucinante.

¿Pero qué hacemos si solo la vista vale la pena? Pedimos cambio de habitación, obviamente. Aunque no se olviden que estamos en el hotel de la burocracia y el cambio no se hace por teléfono sino que había que estar al otro día, a las 8 de la mañana, y en la puerta de la oficina de gestiones administrativas. Y así lo hicimos. Por suerte el cambio de habitación fue rápido y hubo una mejora notable pero el problema de la suciedad seguía presente a tal punto que, contengan la respiración por el asco, había un moco pegado al lado del inodoro (no, no era nuestro).

Para no seguir sufriendo con este relato les cuento que el hotel tiene algunas ventajas. La primera es la vista si les toca una habitación que da al mar; la segunda es que hay un muelle que conecta al hotel con un restaurante y con una barra de tragos (todos malísimos, no se ilusionen) que tiene un montón de reposeras y ahí es muy agradable tomar sol de día y relajarse y charlar por la noche. Por último, por estar alojado en un hotel de la cadena se puede pasar el día en cualquiera de los otros hoteles en la isla salvo en el Isleño ya que ese exige una reserva hecha el día anterior. Y sobre las reservas un detalle: tanto para el Isleño como para los 5 restaurantes “exclusivos” del hotel hay que reservar un día antes, haciendo una fila a las 8 de la mañana ya que a las 9 toman las reservas y los cupos vuelan. ¿Quién va de vacaciones a un lugar donde hay que hacer filas y reservas para todo?

En conclusión

Me han quedado muchas cosas por decir pero no quiero que este posteo sea eterno. Algunos detalles random al pasar antes de terminar: en el aeropuerto, el día que nos fuimos, había un gallo cantando; el bendito sargazo estuvo con nosotros en todo el viaje entonces las playas olían fétido y las algas acaparaban toda la costa; La Riviera, la cadena de free shops que abundan en la isla, sólo aceptan efectivo así que si no van con muchos billetes no van a poder comprar (y díganle adiós a ofertas -que tampoco son la gran cosa-). A ver qué más… ¡ah, claro! Una recomendación importante: NO VAYAN. Así, sin anestesia. Hay un montón de lugares donde invertir mejor el dinero de vacaciones y les aseguro que les estoy haciendo un favor con esto.

Estoy segura que me quedaron más cosas en carpeta pero vamos a cerrar el relato acá. ¿Alguien por ahí que haya estado en la isla?, ¿qué otro destino playero recomiendan? Nosotros queríamos volver a Aruba pero la tentación de usar las millas fue mayor y Colombia nos venía como anillo al dedo (¿o como sargazo a los pies?). De seguro nuestro próximo chapuzón será en un lugar mejor pero por ahora para eso falta un poco.

6 Comments on “Hoja de ruta: Isla de San Andrés (Colombia)”

  1. Excelente Relato!! Senti la desilusión como si la hubiera vivido! uno planea tanto e invierte tanto para un viaje… tachado de los posibles destinos!

  2. Aninka, te juro que no salgo de mi asombro. Yo en tu lugar hubiera incendiado el hotel. No puedo decir nada más, solo ponerme un poco en tu lugar y sentir parte de la bronca que los habrá invadido. Todo mi cariño. La próxima seguro será mucho mejor.

  3. Yo fui hace unos 5 o 6 años, comparto que la decadencia del lugar te desencanta del hermoso mar que hay para disfrutar. En ese momento los Decameron estaban a precios exorbitantes entonces fuimos a uno más modesto y luego nos dimos el “lujo” de alojarnos tres días en el mismo que fuiste vos. Toda la vida me quedaba con el otro, humilde pero sin pretender más de lo que realmente era.
    Tema aparte: la sensación permanente de que me iban a chorear en cualquier esquina, más aún cuando nos perdimos y terminamos en el “San Andrés de la gente común”, de terror. Y cuando usamos el carrito de golf por una zona que parecía un atajo, también se nos acercó gente no con fines muy amistosos, por suerte nos movíamos a 15km/h en ese vehículo del averno. Te alcanzaba hasta una tortuga lisiada.
    Otra anécdota: Mí marido fue a hacer un “tour de pesca” lo pasaban a buscar por el hotel: transporte exclusivo, genial! Se parecieron en UNA MOTO! El buque privado donde se embarcarian a alta mar: un barquito de madera medio podrido. “Te damos todo lo necesario para pescar”: cañas? Olvídalo! Pescan artesanalmente enrollando la tanza en la mano. Y para coronar la experiencia: mientras estaban en el medio del mar, aterrizó un hidroavión con fines non sanctos, entregando “mercadería” a barquitos que aparecieron de la nada, y los miraron con cara de pocos amigos a los aventureros turistas que solo querían pescar. Obvio que conociendo los ajustes de cuenta de la mafia colombiana, mí marido temió por su vida. Todo muy bello y sereno.
    Y ni que hablar cuando por un viento huracanado el guardavidas pidió a la gente que saliera del agua, mí marido haciendo snorkel y yo rogando que lo buscarán, el tipo me dice: “ya salió todo el mundo, sabemos que hay un muerto”. Gracias amigo por la ayuda, yo llorando y una vieja diciéndome: “ia faiecio, ia faiecio!” Y dándome la bendición de la Virgen no sé de qué rincón colombiano. Spoiler alert: no se había muerto, estaba boludeando por ahí. De terror todo.

  4. Anin! me he reído tanto leyendo tu relato, puedo decir que hasta sentí ese olor a humedad! Estos posts ayudan a aquellos que no conocemos el lugar para no clavarnos con un lugar que lejos está de ser soñado. Principalmente hoy en dia que cada viaje en dólares cotiza en la bolsa. Por lo que me han contado Aruba es un destino que no falla. Y sino la costa Europea que ofrece playa combinada con historia!

  5. Tokinha! Aquí reviviendo la pesadilla con tu post. Espero que escribirlo te haya exorcizado el mal trago. Pero claro, veo las fotos del mar y me vuelvo loca y no me importa nada más. Me hacen dar por sentado que nada puede salir mal. Gracias por compartir esta experiencia para tomar nota mental de qué cosas fijarme en mi próximo viaje… vaya a saber uno cuándo XD. Besote!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *